Hay lugares que parecen no haber cambiado en siglos. Donde el tiempo no se detiene, pero tampoco corre. Lastres es uno de ellos.
Llegué un día con una luz suave, en la que el cielo parecía no decidir si quería ser azul o gris. Y así es Lastres: entre el mar y la montaña, entre sol y niebla, entre sueño y realidad.
Lastres es un pueblo pesquero encaramado en una colina empinada, con casas blancas y tejados rojos que descienden en escalones hasta el puerto. La primera sensación al llegar es que no sabes a dónde mirar: ¿al mar, que se extiende tranquilo ante ti, o al laberinto de callejuelas que suben y bajan como si siguieran una respiración?

Me paseé despacio, respirando profundamente. Las calles son estrechas, empedradas, y parece que cada casa tiene una historia. Algunas con contraventanas azules, otras con geranios en las ventanas, todas colocadas con paciencia, como si el lugar las hubiera elegido, y no al revés.
Lo que me encantó especialmente es que Lastres no está hecho para los turistas. No tiene escaparates brillantes ni artificios. Tiene, en cambio, esa autenticidad que te hace dejar el móvil en el bolsillo y caminar sin mapa.
Desde lo alto, en la zona de la antigua iglesia Santa María de Sábada, se abre una vista que te deja sin aliento. Allí, Lastres se muestra en toda su belleza: tejados, mar, puerto y, a lo lejos, la silueta de los Montes Cantábricos, a veces escondidos entre nubes.

Qué no perderse en Lastres:





