Hay lugares que parecen sacados de un cuento de caballeros y princesas, pero que al mismo tiempo laten de vida y color. Uno de ellos es Hondarribia, un pequeño pueblo vasco situado justo en la frontera con Francia, a orillas del mar, donde la historia se entrelaza con la brisa marina y el perfume de sus calles llenas de flores.
Si en San Sebastián se respira una elegancia cosmopolita, y en Bilbao una energía moderna, en Hondarribia descubrirás el encanto medieval y la autenticidad vasca. Aquí, cada balcón de madera cargado de geranios rojos parece contar una historia, y las murallas de piedra recuerdan aquellos tiempos en los que la ciudad debía defenderse de invasores.



El Casco Histórico y las murallas medievales
Pasear por el Casco Viejo es un auténtico viaje en el tiempo. La entrada por la Puerta de Santa María te conduce al corazón de la villa amurallada, donde pequeñas plazas, iglesias y callejuelas estrechas te hacen sentir dentro de un escenario de película histórica. El Castillo de Carlos V (hoy convertido en Parador de Turismo) vigila con orgullo la ciudad, y desde las murallas se abren panorámicas espectaculares hacia la costa y hacia Francia, que queda a tan solo unos pasos, al otro lado del río.
El barrio de pescadores y la atmósfera marinera
Pero Hondarribia no es solo historia y piedra antigua. Basta con bajar hasta el barrio pesquero de La Marina para que la atmósfera cambie por completo: casas de colores, restaurantes acogedores y terrazas donde los locales se reúnen para disfrutar de unas tapas y una copa de txakoli, el vino blanco vasco, fresco y ligeramente espumoso. La calle San Pedro es el alma del barrio, y las noches de verano allí tienen una energía vibrante y cercana.





